Más que besarme, más que acostarnos juntos, más que ninguna otra cosa, me mira a los ojos y eso es verdadero. Cuando hablo, después del beso, de reojo, antes de un abrazo, mientras follamos, cuando nos despedimos, cuando nos vemos de nuevo. Me mira como si estuviera viendo el cielo nocturno, como una copa después de mucho trabajo, como quien ve un dulce cachorrito, como si fuera un maseratti, como el vestido que tenías tantas ganas de comprar, como un plato de entrecot en un restaurante de lujo. Me mira con ternura, con codicia, con timidez, con deseo, con ganas, me mira muy porno, me desnuda, me acaricia, me embelesa, me derrite, me abraza, me agarra, me empotra.
Y entonces lo entendí: mirarte era soplar las velas teniendo el deseo enfrente, porque mirar es una cosa, pero que me mires tú es otro verbo.
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